Los santos son como modelos a imitar en la vivencia de virtudes, son puntos de referencia para nuestras vida.

 

 Ser santo es participar de la santidad de Dios. Nuestro Padre, nos creó para ser santos.


Dios nos ha llamado y nos capacita a todos a ser santos: “Sean santos… porque Yo, el Señor, soy santo” (Lev 19,2; Mt 5, 48). Cristo vino al mundo para hacer posible nuestra santidad. Es por eso que en el Nuevo Testamento se le llama “santos” a los cristianos (1Cor 1). Son santos solo si viven su fe (Apoc 21, 2.10). Los santos del cielo murieron en gracia de Dios. Su santidad comenzó en la tierra.


Los santos «han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo» (Hechos de los Apóstoles,15, 26).

 

Papa Benedicto XVI: “El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo”.

 

La Iglesia es una gran familia en la que Dios es Padre, Jesús el Hermano Mayor, el Espíritu Santo es el santificador que comunica amor entre los miembros de tal manera que, aunque no los hemos visto, podemos llegar a conocer y amar mucho a los santos. Ellos nos enseñan, guían e interceden por nosotros. María es la madre de la familia santa.


Se le llama santo a lo que está consagrado al servicio de Dios, sea persona, cosa, lugar, tiempo.

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